Mi abuela hacía cada año dos viajes. Siempre en las mismas fechas y siempre a los mismos lugares. En otoño cogía un autocar y se iba a Lourdes. Voy con "esas monjitas amigas mías" decía. Estaba 6 días. Uno de ida, cuatro haciendo buenas obras y otro de vuelta. Cada año traía dos cosas: envuelta entre la ropa, una virgen de plástico que si acercabas a la lámpara, después, al apagarla, emitía una luz verde fluorescente y unas pastillas de menta que nunca supe si me gustaban o no. Sabían bien pero parecían de yeso y te dejaban la boca rasposa. Y comía una tras otra para ver si cambiaba de opinión pero nunca duraban lo suficiente para asegurarme.
Luego en Mayo se iba a Madrid. A la capital. A media tarde la acompañábamos a la Estación Central y subíamos con ella al tren. Mi madre repasaba el compartimento y se aseguraba que todo estuviera “come il faut”. Recuerdo que la dejábamos allí sentada, con una mantita de cuadros beige cubriéndole aquellas piernecitas de gorrión que tenía, pero que eran capaces de caminar infinitos quilómetros sin cansarse. Y nos íbamos tranquilos, seguros de que a los cinco minutos se habría hecho amiga del revisor, habría conquistado a la camarera y se habría asegurado la mejor mesa del vagón restaurante.
En Madrid la esperaban su hermana y su mejor amiga, que aún conservaba de la infancia; de cuando estuvieron internas en el Corazón Piadoso. La escuela que ocupaba aquél edificio imponente y lúgubre que se veía desde la ventana de mi habitación, allá a lo lejos.
Se pasaba en la capital todo el mes. Iban al teatro, al cine, a jugar al bridge, al Prado, a misa en La Almudena, los domingos a El Escorial y hacía, básicamente, todo aquello que por aquél entonces no se podía hacer en una pequeña ciudad que estaba a 11 horas en tren de la capital.
De la ciudad traía varias fruslerías y cosas exóticas. Recuerdo la vez que nos compró dátiles y como me gustaron.
Pero sobretodo, lo que más me gustaba era la cajita de metal llena de caramelos La Violeta. Recuerdo la caja como si fuera ahora, redonda, con una caligrafía preciosa y una gran flor en el centro. Que buenos eran esos caramelos. Con estos sí que nunca dudé. Me encantaron desde el primer momento.
Aún hoy, el olor a violetas va íntimamente ligado a los primeros calores del verano, al fin de curso y a la alegría de volver a ver a mi abuela después de unos larguísimos treinta días de ausencia.
En Navidad mi amigo César me hizo llegar una caja de caramelos de La Violeta. Ahora ya no son metálicas, son de cartón. Diría que la caligrafía la han modernizado, pero la tienda sigue estando en la Plaza de Canalejas y sobretodo, los caramelos, siguen sabiendo igual de ricos que entonces y siguen transportándome a esos deliciosos momentos de mi infancia.
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Este mes en el Reto VeoVeo hemos reproducido
la foto de Dirk Frankrone https://www.instagram.com/d.frankrone/
Y esto es lo que yo ví... Espero que os guste!


